viernes, 24 de julio de 2009

A quien escuche

Ahí estaba él, el General, sólo a un paso de morir a manos de las bestias y aun así intentaba atacarlas, peleó hasta el último aliento. Justo antes de convertirse en uno de ellos me dedicó una mirada y dijo: es tu turno. Paralizado de terror, sólo atiné a levantar la pala y con un aullido que me recordó a un perro atropellado dejé ir mi humanidad hacia la muchedumbre.

Después de algunos días en descomposición los Z adquieren una consistencia algo frágil, por lo que es muy fácil atravesarlos hasta con un palo de escoba, gracias a los días de entrenamiento en el Campo Marte tuve la oportunidad de aprender algo de ellos; un golpe seco en el cráneo apaga su sistema de inmediato, son extremadamente lentos y están imposibilitados para trepar o siquiera subir escaleras.

Pude aprovechar la ventaja de sus debilidades al hacer una tarea paciente y certera, golpe a golpe fui derribando a cada uno de los enemigos, claro, debía licuar sus cerebros a golpes, no sólo romper sus huesos o desmembrarlos, siempre existe la posibilidad de que uno quede aún pujante y busque tus pies, arrastrándose, para inmovilizarte. Es un error que sólo se comete una vez en la vida.

Al llegar al lugar en dónde mi padre murió y se reanimó titubee al asestar el golpe, aún infectado lucía como él; fuerte como un roble aunque con la mirada desquiciada por la sed de sangre, al estrellar la pala contra la base de su cráneo sentí que algo no estaba bien, algo faltó. Decidí no voltear atrás y seguir con mi labor.

Sólo quedaban un par de docenas de ellos para despejar el camino hacia la salida, del otro lado de la puerta estaba la caballería aguardando para llevarme a lo alto de la pirámide del Sol, un lugar que nos podría servir de bunker hasta que llegaran mejores tiempos. Al empezar la carga contra el último grupo sentí que algo tiraba de mi pierna, alcancé a distinguir el tacto de una mano fría rodeando mi tobillo, al fin lo comprendí, sé que es lo que faltó, lo que se me perdió al calor de la batalla.

No noté que al atacar a mi padre no percibí el sonido característico del hueso al romperse, ahora lo veo con una horrenda herida debajo del oído, ya no es mi padre es un Zombie, empieza a trepar por mi pierna desgarrándola, noto el vacío en sus ojos, no me reconoce, sólo quiere probar mi carne. Me levanté y corrí sobre mis pasos, ya es tarde para mí y lo único que encontré fue este radiotransmisor, transmito este mensaje a quien sea que esté escuchando, me queda muy poco tiempo y lo último que puedo decirles es que ahora es su turno. Sálvense.

miércoles, 15 de julio de 2009

Master *ding, ding* Master!

Amo a estos cabrones



El pianosaurio es lo mejor.